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#Viajes#Aventura

De Hidroeléctrica a Aguas Calientes

16 de agosto de 2026
Karen y Franco mirando las ruinas de Machu Picchu con el Huayna Picchu de fondo

A pie, acompañando el recorrido de las vías del tren y el Río Urubamba. Un camino lleno de sonidos, olores y colores que producen una sensación de estar dentro de una película de aventuras, explorando los rincones de la selva a punto de encontrarnos con King Kong o buscando el Arca Perdida con Indiana Jones.

La historia de hoy comienza en una combi que se movía de un lado a otro y temblaba por lo irregular del camino de tierra que daba la impresión de no recibir mantenimiento hace un largo rato.

En las ventanillas de la derecha podíamos ver el corte que hicieron en la montaña para abrir el camino y del lado izquierdo, acantilado.

El «cómo» llegamos desde Córdoba hasta Perú será una historia que contaremos otro día. Lo único que te voy a contar de ese trayecto de ida es que no habíamos comido mucho (andábamos con un presupuesto algo apretado).


Esa mañana a las 6AM nos subimos a esta combi en Cusco (nos pasó a buscar por un hotel ubicado en la Av. San Martín) y, a pesar del cansancio acumulado que cargábamos nos movíamos a base de entusiasmo: Teníamos 20 años y estabamos de viajeros por una de las míticas ciudades de nuestro continente. Todo estaba bien.


El tramo Cusco-Hidroelécrica es un paseo por una increíble variedad de paisajes que combinan ruinas, pueblos con mucha historia, mochileros a un lado de la ruta y las montañas más verdes que he visto en mi vida. De esas montañas logramos ver cómo salían vertientes que más abajo se juntaban y componían cursos de agua que pintaban lineas blancas en ese paño de verde hierba.

Pero todo lo poético y hermoso del inicio del camino culminaba en un tramo final eterno de caminos sinuosos e irregulares con acantilados a un costado que pueden acobardar al más valiente.


Con Karen nos sentamos en los asientos intermedios de una combi llena de viajeros, entre ellos un norteamericano con su guía turístico (Será importante en las próximas líneas). Y a pesar de tener un poco de miedito por el camino y cómo nuestro chofer lo transitaba, procuramos disfrutar el paisaje que estabamos descubriendo.


En un momento, llegamos a lo que parecía un quincho grande (como 3 o 4 veces más grande del que uno vería en un hotel o complejo de cabañas), tenía techo de paja y piso rústico. La combi se detuvo y todos comenzaron a bajarse: hasta ese punto llegaba el servicio de transporte, desde allí se continuaba a pie y por nuestra cuenta.


Antes de bajarnos miramos hacia los asientos de atrás. Nuestro amigo norteamericano ya se había bajado y dejó una lata chica de papitas Pringles a medio terminar en su asiento. Sin dudarlo, nosotros (que teníamos un hambre interesante) las cargamos en nuestra mochila: sería nuestro combustible para los 11Km de caminata que nos esperaban para llegar a Machu Picchu pueblo.


En el quincho se vendían todo tipo de comidas, pero como a nosotros no nos daba el presupuesto decidimos dar inicio a la caminata sin mirar demasiado para no tentarnos.


El lugar era lindo pero no impresionante, habíamos dejado atrás el paisaje de acantilados con tonalidades marrones y grises, para encontrarnos en un panorama verde con algunos árboles altos pero que se parecía bastante a lo que uno podría ver en los montes de las sierras chicas de Córdoba. Como te digo, nada fuera de lo normal.

A un par de metros del quincho nos encontramos con una cabinita y un portón, teníamos que registrar que iniciábamos la caminata.


Luego de una amable interacción con la persona que nos registró, atravesamos el portón y nos encontramos rápidamente con las vías del tren. A los lados de la vía, la gente de allí tenía montados puestos que vendían de todo un poco, en estos puestos nuestro presupuesto sí alcanzaba: Karen compró unas frutas, entre ellas unas mandarinas gigantes y unas bananas.


La consigna era simple: seguimos las vias del tren hasta que nos encontremos con el pueblo Aguas Calientes, son 11Km y aproximadamente calculábamos 3hs de caminata tranquila.

Inicio de la caminata Hidroeléctrica-Aguas Calientes
Karen caminando a Aguas Calientes al costado de las vías del tren

Una vez iniciada la caminata, el primer kilómetro ya te da indicios de que te estás adentrando a algo distinto, la vegetación se empieza a volver más densa y grande, los helechos tienen hojas inmensas y los árboles empiezan a subir de nivel en cuanto a lo impresionante. Es común ir intercambiando saludos con los viajeros que van y que vuelven de Machu Picchu pueblo y si te dejás llevar por un momento, da la sensación de estar viviendo en otra época, una más simple, una más pausada y enfocada en el presente.

Karen posando al lado de un arbol gigante
Viajero asiático vestido con un poncho característico de los pueblos andinos

El verdadero shock se produce cuando comenzás a ver el Río Urubamba a tu derecha, te despeja la vista y te revela las montañas.

No pudo tocarnos un mejor día para esa caminata, las nubes ocultaban parcialmente la cima de las montañas, como si las estuvieran coronando. El sonido del caudaloso Río te acompaña durante todo el paseo como música de fondo.

Río Urubamba con montañas bañadas en luz dorada
Caminando un poco cargado

A lo lejos, el sonido del tren interrumpió la calma del fluir del río. Tomamos distancia de las vías y esperamos a que la formación de vagones azules y amarillos pasara en su totalidad, se trata de una formación corta y que transita a una velocidad baja por las características del trayecto, hay muchos viajeros que deciden hacer este tramo caminando y estimo que la empresa debe contemplarlo.


Luego que el tren desapareció de nuestra vista, la calma del sonido del río y el cantar de las aves del lugar volvieron a tomar el protagonismo en nuestros oídos.

Tren yendo desde Hidroeléctrica a Aguas Calientes

Seguimos caminando, mientras observábamos todos los detalles a nuestro alrededor. La flora del lugar nos parecía fascinante y a cada pequeño puente sobre el que se montaban las vías lo disfrutabamos y registrabamos con la cámara.


La parte que no estabamos entendiendo era que las 3hs estaban estimadas para una caminata continua, y no una caminata pausada como la que estabamos haciendo.

Empezamos a notar que cada vez se acercaba más el ocaso y no eran precisamente buenas noticias para dos chicos de 20 años en el extranjero, en un ambiente selvático y sin provisiones.


Aceleramos el paso, pero no alcanzó. La noche llegó más rápido de lo que esperábamos y, no sé si fue nuestra percepción o fue realidad, pero la luz natural pareció apagarse de golpe.


Acá es donde el paseo cambia de tono. La combinación entre la oscuridad, el rugido constante del río y los sonidos desconocidos de la selva a tus lados se vuelven hipnotizantes, es un regalo digno de ser disfrutado.

Pero cuando comenzás a tantear el camino con los pies para no tropezarte, el encanto cede el paso a un temor bastante justificado: estabamos caminando sobre los durmientes de un tren que no sabíamos si podía volver a pasar, sin saber dónde pisabamos y qué o quién estaba en nuestras inmediaciones.

Por suerte en nuestro equipaje había una linterna que nos dotó de un fino haz de luz blanca, el cual actuó de nexo con la realidad y nos daba un poco más de información de nuestro entorno que sin dudas nos hacía sentir más seguros.


Caminamos en la penumbra durante un largo rato. Para entonces ya no sabíamos hace cuanto tiempo habíamos salido de Hidroeléctrica, cuantos km ya habíamos recorrido y cuanto nos quedaba por recorrer hasta llegar a Aguas Calientes. Cada tanto nos preguntabamos mutuamente «Cuánto faltará?», el otro respondía un sincero «Ni idea» y seguíamos avanzando. Teníamos bastante claro que la única dirección en la que podíamos ir era hacia adelante, volver no era una opción debido a que Hidroeléctrica no parecía ser un poblado que pudiera hospedarnos por la noche.


El sonido de nuestra marcha sincronizada pisando las piedras sueltas del camino, el movimiento del óvalo de luz que se proyecta en el suelo y la banda sonora de fondo fue el único estímulo externo que tuvimos durante un largo rato. De pronto, un sonido distinto se hizo presente: Eran voces a nuestra derecha. Se trataba de un grupo de turistas angloparlantes que parecían volver de algún tipo de excursión hablando entre ellos en un tono muy relajado y jovial, venían contentos.


Nos acercamos a pedirles auxilio informativo, queríamos saber aproximadamente cuanto faltaba para llegar al pueblo, pero nos topamos con un pequeño obstáculo: ninguno de los dos habla inglés. Intentamos por algunos medios hacerles la pregunta, pero no lograbamos que nos entendieran, hasta que dos de mis neuronas hicieron sinapsis y logré expresar una pregunta de una única palabra «Town?». Es el día de hoy que no sé de donde lo saqué.

Entre señas, un mal inglés de nuestra parte y un mal español de parte de nuestros interlocutores, logramos extraer la información que necesitabamos: Faltaba muy poco.


Nuestros nuevos amigos nos acompañaron un tramo corto, pero tras varios intentos fallidos de entablar una conversación continua, nos despedimos con un gesto de gratitud. Con Karen ajustamos nuestras mochilas y apretamos el ritmo por última vez.


La linterna dejó de ser necesaria después de 5 minutos, nuestros amigos nos habían dicho la verdad, cerca de nosotros se empezaban a dibujar las siluetas de los vagones estacionados, galpones ferroviarios y los primeros postes de alumbrado público. De fondo, sobre el pie de una oscura montaña aparecía finalmente el entramado de luces de Aguas Calientes.


Finalmente habíamos llegado. Hambrientos, cansados y nuestros pies latían por el esfuerzo de la última parte de nuestro camino, pero nos invadía la curiosidad y la emoción por estar comenzando nuestra aventura por Machu Picchu.